Saluda del Cardenal Arzobispo de Valladolid

Ricardo Blázquez

Comparte en tus redes:

Semana Santa

La Semana Santa está a las puertas. Ya se acercan los días santos de la celebración anual de los misterios de la Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. Desde el principio de la Cuaresma, desde el Miércoles de Ceniza, venimos preparándonos con obras de piedad, de reconciliación y de caridad. Confiamos que la celebración de este año pueda transcurrir como ha sido habitualmente, ya que los dos últimos años ha sido limitada a causa de la pandemia. Aunque ésta ha remitido, no ha desaparecido; consiguientemente, debemos actuar con precaución y seguir las recomendaciones de la autoridad sanitaria. Con ilusión especial se vienen preparando las manifestaciones de la piedad popular, que en nuestra Diócesis son relevantes. Necesitamos también prepararnos interiormente las personas, cofradías, comunidades y parroquias. Ya sabemos que en Valladolid la “procesión va por dentro” (Miguel Delibes), pero esa interioridad debe comportar los sentimientos de la fe y de la piedad cristianas.

El centro de la Semana Santa es el triduo pascual, que abarca desde el Jueves santo con la Cena del Señor, continúa con su Pasión el Viernes santo, el Sábado santo es día de silencio y de espera junto al sepulcro del Señor y comienza el tiempo de Pascua con la Vigilia pascual en la noche santa de la Resurrección. Son días intensos y bellos. El descanso laboral y las vacaciones facilitan la dedicación de los cristianos a su celebración; y desde las fiestas cristianas se irradia en la sociedad un ambiente de reflexión y de concentración espiritual. La Semana Santa se hace notar en el ritmo de la vida de las personas, de las familias y de la sociedad entera. Estoy seguro de que la presentación de la Semana Santa de Valladolid en Roma que hace unos meses tuvo lugar será también un aliciente para la celebración de este año.

Los misterios de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo nuestro Señor ocupan el centro del año litúrgico, de la fe, de la piedad y de la existencia de los cristianos. Lo celebrado litúrgicamente, lo contemplado en las magníficas procesiones, debe llevarnos a pasar a una vida nueva por la participación en la muerte y resurrección del Señor. La autenticidad en la celebración de las fiestas une la fe que habita en el corazón y la piedad popular que también habla el lenguaje de la belleza. La hondura de lo celebrado es expresada en la Sagrada Escritura: “Por medio del Evangelio, nuestro Salvador Jesucristo destruyó la muerte y sacó a la luz la vida inmortal” (cf. 1 Tim. 1, 10). La victoria de Jesús sobre el pecado y la muerte, recibida por la fe, ilumina la vida de las personas y otorga una esperanza que va más allá de la muerte. “Considero que los sufrimientos de ahora no se pueden comparar con la gloria que un día se nos manifestará” (Rom. 8, 18; cf. 1 Ped. 1, 3-9). “Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz cada día y me siga. Pues el que pierda su vida por mi causa, la encontrará” (cf. Lc. 9, 23-24). “Por el bautismo fuimos sepultados con Él en la muerte, para que lo mismo que Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva” (cf. Rom. 6, 4). Estos textos unen los acontecimientos de la vida de Jesús con nuestra existencia a través de la participación en los misterios celebrados en la Liturgia. Estamos llamados a imitar a Jesús en su pasión y muerte y estamos igualmente llamados a ser incorporados a su ministerio pascual por los sacramentos.

Ucrania es el epicentro desde el cual nos amenazan las olas de la muerte. Hermanos nuestros, ya que la humanidad entera es una sola familia, padecen hambre, desplazamientos, persecución, peligros de muerte, incertidumbre ante su futuro. En ellos se hacen particularmente presentes estos días los padecimientos de la pasión de nuestro Señor Jesucristo. En los rostros dolientes de las imágenes de nuestras procesiones se refleja también el dolor y el llanto de hermanos nuestros. Que la sonrisa de los niños todavía inconscientes y su confianza en sus papás no se encuentre con el rostro surcado por las lágrimas escondidas de sus madres.

Los medios de comunicación social nos transmiten noticias de horror y desastre, imágenes de muerte y ruinas, ruidos de alarma y estallidos de bombas. Es horrible contemplar tanta devastación y produce escalofrío recordar las imágenes de hombres matándose, de madres huyendo con sus niños en brazos, de ancianos que penan para ser protegidos en un refugio. La celebración de la Semana Santa de este año no puede olvidar a los hermanos de Ucrania que buscan seguridad en su desolación.

Todos oramos con ellos y por ellos: Señor, que pase este cáliz de amargura. ¿Hasta cuándo, Señor? ¿Y después, qué? ¿Cómo ha sido posible que la humanidad se haya precipitado en este abismo de sufrimiento y de muerte, de destrucción y de ruinas? ¡Cuánto habrá que reconstruir, cuántas heridas habrá que curar, cuántas esperanzas habrá que levantar! Lo que en unos segundos destruye un misil con un resplandor fugaz y un estallido de muerte, ¡cuánto tiempo y cuántos esfuerzos se necesitarán